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Gracias compas, por el trabajo invisible

Yazmín S. Pérez Haro
Feminista, Participante de la Red de Cuidados en México

El 8, 9 y 10 de marzo nos reunimos 2 mil anfitrionas y alrededor de 5 mil invitadas de 35 países distintos en el Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan, convocado por las mujeres de bases zapatistas.

La cita fue en el Caracol IV de la zona tzotz choj, en Chiapas, al que llegamos desde el 7 de marzo en camiones, en auto propio, algunas en avión a Tuxtla y de ahí en auto, taxi o colectivos. Algunas llevábamos casa de campaña, otras bolso de dormir, hamaca o la esperanza de encontrar un espacio para pasar las noches... pero todas decididas a encontrarnos.

No me alcanzaría este espacio para compartir las conversaciones y experiencias sobre el yoga feminista, la mercadita, los talleres para realizar tus propias toallas ecológicas, sobre periodismo sonoro, la música y energía de Corroncho Son, del rap feminista, la lectura en voz alta de poesía, las reflexiones sobre la violencia de género en los medios de comunicación, el descubrimiento de los saberes sobre plantas medicinales o las reflexiones sobre feminismo descolonial, ecofeminismo o arte y salud en comunidades Mapuche.

¿Qué lo hizo posible además de la entusiasta asistencia de quienes respondimos a la convocatoria?

Quisiera aquí compartir la experiencia sobre una dimensión del encuentro que ocurrió casi en silencio… pero fue evidente para quienes quisimos escuchar. Ese encuentro con ellas, nuestras anfitrionas. Ellas que nos recibieron en su casa, nos dieron la bienvenida, cantaron, representaron obras de teatro, declamaron poesía, hicieron los posicionamientos políticos más contundentes, participaron en los talleres. Ellas, ellas que también cuidaron de sí y de las 5 mil mujeres que respondimos a su llamado, sí, nos cuidaron.

Compañeras milicianas estuvieron de pie día y noche haciendo un cordón de seguridad dentro del perímetro del Caracol IV de Morelia, vigilando que ningún advenedizo no invitado se colara a esa fiesta de encuentros; otras compañeras de base, desde que llegamos nos acompañaron y nos orientaron sobre dónde acomodarnos o armar nuestras casas de campaña y resguardarnos del frío que vendría en la madrugada.

Más compañeras, también anfitrionas, madrugaron los tres días para dar abasto a los comedores colectivos. Nos ofrecieron arroz con deliciosos frijoles, tortillas calientes, taquitos de carne o pollo, empanadas; y para la sed, agua de melón y de jamaica. Desfilaron platos de comida para cientos de compañeras a cambio de un pago mínimo que no hacía justicia al tremendo trabajo que exigía.

Otras compas, mantuvieron a raya los costales que separaban la basura entre orgánica e inorgánica y que por momentos rebasaban su capacidad y al momento siguiente quedaban listos para recibir más botellas de plástico, envolturas de galletas o cáscaras de naranja y mango. Entre tanto se veía entrar constantemente a compañeras –las más jóvenes- con pacas de botellas de agua sobre sus hombros para resurtir las tiendas que aliviaban la deshidratación, el olvido de la pasta de dientes o el antojo de chiles de lata para acompañar los sándwiches o el atún.

Antes de los fascinantes partidos de fut entre invitadas de todas las latitudes, otras compañeras marcaban las líneas con cal de un blanco que no dejaba duda cuándo una falta en el área podría terminar marcando un penal. Los baños recibieron a más de 5 mil mujeres y nunca faltó el agua ni para refrescar las ideas ni para bañarse quien así lo quisiera.

Nada de esto hubiese ocurrido sin trabajo, sin esfuerzo organizado. Todas ellas tras su paliacate o pasamontañas trabajaron juntas porque sabían que de esa chinga, de ese trabajo no remunerado casi invisible, dependían no sólo todas las actividades artísticas, deportivas y políticas de este primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan; sino también la seguridad y la garantía de que todas, anfitrionas e invitadas, contáramos con lo mínimo necesario para disfrutar de nuestros encuentros y así fue.

La Comandanta Érika fue clara desde el inicio:

“… y ví que la rebeldía, que la resistencia, que la lucha, es también una fiesta, aunque a veces no hay música ni baile y sólo hay la chinga de los trabajos, de la preparación, de la resistencia. Y miré que donde antes sólo podía morir por ser indígena, por ser pobre, por ser mujer, construíamos en colectivo otro camino de vida: la libertad, nuestra libertad. Y miré que donde antes sólo teníamos la casa y el campo, ahora tenemos escuelas, clínicas, trabajos colectivos donde como mujeres manejamos aparatos y dirigimos la lucha, aunque con errores pero ahí vamos avanzando, sin que nadie nos diga cómo debemos hacer sino nosotras mismas.”

Ellas somos ustedes. Gracias por los encuentros compas. Abrazos de vuelta.

Fotografías cortesía de Yazmín S. Pérez Haro

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor o autora y no necesariamente reflejan la postura oficial de Oxfam México


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